El Cuaderno de Sergio Plou

     

domingo 1 de noviembre de 2009

Kia Ora*





      Las noches todavía son frescas en Nueva Zelanda, se me pasman un poco las chancletas y cuando nos echamos a dormir nos pegamos como sellos. Las mañanas, en cambio, son por ahora muy soleadas. Como dicen los lugareños, «it's a beatiful day». Ayer pasé las de Caín para publicar estas páginas, la mentalidad anglo negocia con todo. Imagino que, tarde o temprano, llegará a Europa el absurdo de capar el internet público para crear redes de pago privadas, wifis a las que no te queda más remedio que enganchar porque no te dejan otra manera de conexión, a no ser que te largues a la calle o tengas casa en la ciudad. Las wifis, en vez de popularizar internet en Nueva Zelanda, complican las comunicaciones, las ralentizan y crean taifas de conexión. Para morirse. Tendría que encontrar un desinhibidor, un tirachinas, algo que me permita conectar sin rendir pleitesía a los negocios privados, que consideran sus establecimientos como si fueran cantones, pero intuyo que será difícil.

    Noches como la de hoy, fresquitas, primaverales y oceánicas, y mañanas que salpican de un calor cariñoso a las gentes, me hacen hablar del clima como quien narra una epopeya. Hemos decidido pasar tres noches en Rotorua, que servirán para asentarnos un poco en el suelo que pisamos, más reposado y tranquilo que el de las ciudades hispanas, ajetreadas por el tráfico y su forma de vida. Aquí se paga por todo, lo público está privatizado y sin embargo se considera un servicio colectivo, lo que a mi escaso entender resulta un error, pues se encarece dos veces la existencia. No hay que venir hasta Nueva Zelanda para entender que los políticos tienen cierta tendencia a la mangancia, pero dicho conocimiento tampoco implica que las gentes hayan de sobrevivir como buenamente se las compongan. Si bien es cierto que aquí no se ven gentes tiradas por las calles y pidiendo limosna, también es verdad que estamos en Rotorua, uno de los mayores centros turísticos de esta nación.


    Filosofías aparte, nos hemos levantado con ganas de darnos un baño en un spa. Acudimos al establecimiento que hay al borde del lago Rotorua, con instalaciones de diseño, holgadas y confortables. Tengo claro que una cosa es la ética y otra distinta la estética. Por 40 dólares de aquí —veinte euracos al cambio— puedes pegarte todo el día a remojo en cuatro piscinas: una a 36 grados, otra a 38, una tercera a 40 y la última a 42 ºC. Todas ellas están al aire libre, de modo que salir de una y remojarte en otra —como en Islandia— te da cierto repelús, pero según me ha comentado Helena, mi compañera sentimental, cambiar de marmita es un fantástico ejercicio circulatorio, un trabajo que conviene al cuerpo lo mismo o más que zamparte una muffin a media mañana. Creo que ni siquiera los maoríes son capaces de aguantar un día entero viendo cómo se les queda la piel en los pellejos, por eso se abona una jornada entera. A las dos horas escasas, y ya es suficiente chapuzón, hemos acabado saliendo de las charcas por la puerta del spa. Eso sí, con la tensión más suave que unas malvas.


    Como los baños abren el apetito, y mucho más tras una andada de tres kilómetros, la de regreso al camping, nos hemos hecho a la barbacoa todos los filetes que previamente habíamos comprado en un gigantesco supermercado. Conviene hacer la compra porque ir papeando por los bares, si hacemos números, acaba resultando caro. Además, tampoco acabamos de acoplarnos al horario anglosajón. Comer antes de la una de la tarde y cenar a las seis, por mucho jet lag que lleves encima, no termina de ir con nosotros. Y eso que amanecer al alba, cuando el sol golpea en las lunetas de la furgona, hace imposible volver a conciliar el sueño. Aprovechamos que los domingos abren las grandes superficies desde las diez de la mañana hasta las nueve de la noche, como si fuera un día de labor, para hacer la compra, aunque a las cinco y media de la tarde cierran sus puertas los comercios convencionales.


    Después de comer, tal y como habíamos acordado, nos vinieron a buscar al camping para conducirnos hasta una zona geotermal de las afueras, a la que llaman «Las puertas del Infierno». Se trata de un paisaje desolador, repleto de fumarolas, agujeros en ebullición, humaredas sulfurosas y demás cráteres, bautizados todos al estilo de Sodoma y Gomorra. Lo diferente es la vegetación que rodea a un conjunto tan devastado, un contraste difícil de contemplar en otras partes del globo. Es como estar en Asturias o en Galicia, aunque sin una calva de tierra en la frondosidad del panorama y, de repente, darte de bruces con un géiser, pozas de azufre y manantiales de agua caliente. Sorprendente. Estamos disfrutando del viaje y conociendo a la gente. Nos sorprenden las diferencias en los modos de vida lo mismo que a ellos las nuestras, pero merece la pena darse una paliza de avión como la que nos hemos metido para encontrar un verdor tan maravilloso. Mañana nos levantaremos más tempranito de lo habitual para observar las casas de los hobbits y subir después a un teleférico -artefacto que aquí denominan «góndola»- desde el que echaremos un vistazo a la zona. Y ahora me voy a cenar, que se me ha despertado un apetito del demonio.


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  * Kia Ora, en maorí, significa: ¡suerte! Es su saludo de bienvenida.