El Cuaderno de Sergio Plou

     

miércoles 28 de octubre de 2009

Conociendo a los kiwis




      Es difícil juzgar a todo un país por la alegría de sus azafatas, pero si tenemos en cuenta que el tamaño de Singapur es semejante al de Andorra igual no me equivoco en exceso. Parecen gente amable, se deshacen en sonrisas y no es para menos, el viaje de Londres a este fenomenal parque temático que ejerce como nación y al mismo tiempo como paraíso fiscal duró veintidós horas, que se hacen muy largas cuando sientas el culo en clase turista y comienzas a sufrir el conocido síndrome. Sientes las piernas de amianto, los codos romos y el cerebro de esparto, entras en otra dimensión. Viajábamos al final de un Airbus 385, un pepino de dos plantas sembrado de asiáticos, algún europeo despistado y media docena escasa de neozelandeses. En la misma cola del avión, una vez se puso a mugir y despegó como si fuéramos montados encima de Dumbo, comenzaron a agasajarnos las aeromozas singapureñas con toallitas calientes, vasos de agua y naranjada de bote para emprenderla luego con una cena característica de este tipo de desplazamientos, donde las múltiples bandejillas de comida —pollo hervido, patatas en forma de puré y un micro tarro de frutas— se iban engarzando unas con otras hasta impedir cualquier acción lógica sobre la mesita extensible.

    Distraje la atención jugando con un ordenador empotrado en el asiento delantero repleto de películas en inglés, juegos que van del tetris al ajedrez pasando por super Mario, series americanas subtituladas en malayo o en mandarín -nunca lo supe- y el clásico avión que se va desplazando por el mapa del mundo indicando la rasca que hace fuera, dónde diablos está tu cuerpo astral y el mogollón de horas que te restan por delante hasta que entres en trance y comiences a levitar. Acabada la cena, las agradables azafatas singapureñas, ataviadas en traje regional –que venden al llegar en las tiendas del magnífico aeropuerto de Changui-, comienzan a sugerir campechanamente que vayamos chapando las persianas de las ventanillas para comenzar a roncar. El pasaje de un avión resulta más maravilloso para sus tripulantes cuando está en la inopia. Con las luces gachas, al cuarto de hora escaso, no puedo resistir los coletazos del sueño y a once mil metros de altura comienzo a evaporarme.


  Helena, mi compañera sentimental, que en la foto contigua posa junto a una jirafa del zoo de Auckland, no lo llevó tan bien. No encontraba una postura cómoda y poco antes del desayuno aflojamos la musculatura dando unas cuantas vueltas por el Airbus, subiendo y bajando las escalerillas que unen sus dos plantas, con el sano propósito de que fluyera el riego hasta las pantorrillas, se fueran moviendo los lomos y que el torrente sanguíneo corretease por las venas con cierta asiduidad. El trayecto se nos hizo más largo que un día sin pan y cuando llegamos a Singapur, tras un desayuno con tortilletas, aún nos quedaban tres horas en Changui cotilleando los «duty free», donde un cartón de Camel nos cuesta 9 euros y echando un pitillo en la “smoking room”, que parece un fumadero de opio. Tenemos la dicha de hallar por el camino unas fabulosas tumbonas que, de manera gratuita, invitan a los viajeros a descalzarse, introducir los pinreles en unas fundas y recibir un sabroso masaje en piernas y pies, plantas incluidas, artefacto que iba haciendo las delicias del pasaje allá por donde lo encontramos. Las jetas de entusiasmo que ponía la gente al sentarse en los butacones nos indujeron a recibir nuestro merecido, que apenas duró diez minutos pero que resultó rejuvenecedor. Qué gran invento. No sé a qué espera el Gobierno para importar el artilugio, cuyo precio no supera los 350 €.

    Terminales enmoquetadas a lo largo y ancho del aeropuerto, con sus plantas naturales, desde orquídeas en los lavabos a cocos en los corredores, Singapur se presenta al turista como un país a todo trapo, un derroche de lujo y de confort, con tomas de corriente gratuitas para móviles y ordenadores portátiles, wifi abierta y múltiples pasatiempos: un paraíso para las compras. Las tres horas que pasamos en Changui nos duraron un colín y tuvimos que salir pitando para embarcar de nuevo en el airbus, donde nos aguardaban otras diez horas de vuelo hasta Nueva Zelanda. Una vez en el avión se repitió paso a paso el mismo esquema, renació con renovados ímpetus el agarrotamiento de los tendones. La mantita y el almohadón de la compañía aérea, que te calzabas en la nuca, en la garganta, bajo los pies y acababas pateando, a ver si desaparecían de tu vista, terminaron en barullo por el suelo. Helena consiguió reprimir las ganas de apretarle el cuello a la niña que llevaba delante una parejita despreocupada, la cual no consolaba su llantina más que en el momento de alimentarla con biberón, y la acidez, las náuseas y la falta de espacio, obligaban a mi compañera sentimental al contorsionismo de una manera epiléptica. Gracias a que el castellano resulta en Melanesia una lengua indescifrable, las diez horas de vuelo hasta Auckland terminaron en un aterrizaje jasco y sin aplausos. Los anglófonos son poco dados a manifestar su alegría ante semejante proeza, lo que confirma que vivir boca abajo provoca en los seres humanos divergencias emocionales.


  Nada más bajar del avión, sufrimos lo que en Harlem denominan el Mau-Mau, sólo que en versión neozelandesa. Llevábamos un formulario que había que entregar a las autoridades en la aduana, donde debes explicar si tienes antecedentes penales y llevas botas de montaña en el equipaje, así como las intenciones que traes. Yo apunté que venía a gastarme en el país todos mis ahorros, que estaba dispuesto a regalar lo que me sobrara por las calles y que además iba en chancletas. Mi compañera sentimental sugirió que se trataba de un informe donde se calificaba la honestidad del viajero, así que apuntó que llevaba –efectivamente- una botas de montaña en su equipaje.

    Al recoger nuestros bártulos de la cinta transportadora, tuvimos el placer de comprobar que ocurrían cosas extrañas a nuestro alrededor. Por ejemplo, la policía autóctona se paseaba entre los viajeros que aguardaban sus maletas con unos chuchos esperando detectar no sé si explosivos, drogas, animales exóticos o nitroglicerina en lata, el asunto es que la raza de los sabuesos no provocaba el menor respeto sino cierta estupefacción. Parecían chihuahuas o perros falderos y esperabas que en cualquier momento se te mearan en una bolsa. No iba a ser la única sorpresa que los ciudadanos de este país —que reciben el apodo de kiwis— nos depararían por estas tierras.

    Un magnífico maorí nos interpeló en la aduana por el trayecto, a lo que respondimos, más o menos, con el periplo que pretendíamos realizar a lo largo y ancho de las dos islas. Posteriormente pasamos un nuevo control, donde nos derivaron a abrir el equipaje para comprobar cómo de grandes y de sucias estaban las botas de montaña que Helena había afirmado poseer. Nos atendió un policía oriundo de Serbia, exactamente de la provincia de Voivodina, con el que hablamos del Pirineo Catalán, y después, en el momento de pasar por escáner nuestras pertenencias, sufrimos la fatalidad de que se enganchara en la cinta un jersey que llevaba mi compañera, produciéndose en el tejido una fea mancha de grasa de la que los guardias se irresponsabilizaron haciéndose los longuis, circunstancia que produjo tal estupor en Helena que faltó poco para tornarse en indignación. Los kiwis son así, meten miedo a la entrada para dar yuyu a los asiáticos —que ya son el 10% de la población— pero si le joden una prenda a una turista europea se miran las uñas y esconden la cabeza bajo el ala, no vaya a ser que surjan problemas. Los kiwis tienen un carácter muy especial...

    Hoy mismo, por ejemplo, nos hemos ido al Minus Five, que es un moderno garitillo de Auckland, a tomar una copa después de ir al Zoo. A la entrada nos han soplado treinta dólares a cada uno (alrededor de 15 euros)y total para meternos durante un rato en una nevera a 7 grados bajos cero, enchufarnos una prenda polar de baratillo y unas manoplas raídas. Eso sí, nos han obsequiado con una copa de vodka en vaso de hielo. El ambiente del local se consagraba de algún modo mediante diez figuras esculpidas en gruesos tormos y la misma chica que te daba las prendas para que soportaras el frío se calzaba luego un gorro ruso y te servía en la barra. Como hacía tanta rasca en un pispas agarrabas una curdita de risas y carcajadas, momento que aprovechaban para proponerte unas fotos en la barra, donde salías de lo más contento. Maja gente la neozelandesa, muy inventiva. No es extraño que al salir del local, con toda su gracia silvestre, nos recordaran que sería una buena idea colgar nuestras fotos en Facebook... No lo dudo.