La embestidura
lunes 19 de diciembre de 2011
Sergio Plou

  La red se ha despertado esta mañana más perdida que Carracuca. Por una lado pedían los subtítulos de la investidura de Mariano y por otro comentaban el programa del follonero, un tipo que curra para la tele en la sexta. La sexta es un canal que acaba de ser digerido por otro, al que denominan antena tres. Caben dudas de si la nueva corporación mediática jugará a ser el doble de tres o la mitad de seis, aunque lo mismo funciona como la 3 elevada a la sexta potencia y se fuman después un puro, como ya pasó con la cuatro. Ahora todo es cuestión de números. Los números siempre van por delante de las letras, de ahí que las letras del tesoro, para ser alguien, tengan que ir pegadas a una prima de interés. El caso es que se notaba cierta expectación en la red con lo que pudiera ocurrir hoy en el congreso, donde se sorteaba una galleta de las gordas y sospechaba la gente que nos iba a caer encima, de modo que la peña pegó la oreja a la radio para escuchar el sorteo.

   A mí la radio me parece más peligrosa aún que la tele, porque tengo que imaginar las estampas y a la hora de dar color tiendo al gris por defecto. No es pesimismo, es una cuestión de medida, y la medida es una herramienta que aprendes a usar a fuerza de guantadas, de modo que, si no te gusta recibir, enseguida tiendes a no creer en nada. Utilizando un espectro más colorista de repente lo ves todo de color de rosa y con el paso del tiempo, según dicta la experiencia, la verdad es que sueles llevarte un chasco. ¿Conclusión? Que la inercia empuja hacia la escala de grises porque no defrauda nunca. Es imposible que Mariano defraude, entre otras razones porque no tiene nada nuevo que ofrecer. Hablamos de un tipo notoriamente gris, cuyo glifo podría dibujarse como una mezcla de búho y de serpiente, pero que en realidad esconde a un sujeto distraído y un tanto corto de vista, muermo en el trato personal y seco en la distancia, al que hay que llamar la atención para que no se duerma en público. Yo no lo calificaría de tonto del haba, pero se aproxima bastante al perfil, de ahí que resulte tan entrañable cuando se disfraza de intermediario.

   Mariano usa de cuando en cuando esa máscara para emitir epístolas en clave secreta a colectivos de seria importancia, léase el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario. Mediante un léxico sembrado de eufemismos, como si estuviera empleando un lenguaje cifrado, es capaz de extender su monólogo durante meses sin que nadie del común entienda qué carajo está siseando. Los primeros en desconectar lo hicieron con el propósito de tomar un analgésico y los siguientes para no acabar con la cabeza como un bombo, el resto abandonó la escucha por decepción o simple aburrimiento. Quien se atrevió a continuar con el suplicio creyó luego que le estaban tomando el pelo y la minoría que fue capaz de tragarse la embestidura completa de Mariano tuvo que captar luego el interés de sus seguidores por medio de las redes sociales, ya sea actuando de intérprete, traductor o rotulista, integrando así los subtítulos de la telenovela para que pudiéramos entender el auténtico significado de lo que Mariano iba diciendo en el hemiciclo. Hasta el extremo de convertirlo en hastag y besar el trendictopic, el neolenguaje de Mariano se emitió también en onda corta, dejando a la altura del barro el verbo cansino de Aznar y la disparatada verborrea de Fraga, pero sumergiendo a la nación en un coma profundo. Igual salgo de mi asombro en entregas posteriores, aunque lo dudo mucho porque no hay nada que entender. El galimatías de Mariano es una vulgar estrategia para maniobrar como le venga en gana. Si empezaba fuerte acabaría a mamporros. Era más práctico pasar antes un plumero y confirmar que en esta empresa no le van a faltar policías, porque es una profesión con futuro, porque el jefe quiere tener las espaldas cubiertas y porque este sujeto tiene más peligro que una caja de orujo.

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