La notoriedad
viernes 24 de julio de 2009
© Sergio Plou
Artículos 2009

    Al abrir el otro día el periódico, una noticia que daba la impresión de haber sido calcada de un tebeo, me condujo a la estupefacción. Y no es que sea difícil, porque me tengo por curioso, ocurre que en esta época tan sobresaltada cualquier novedad, por salvaje que parezca, rompe moldes al minuto siguiente y la espiral no acaba jamás. Por ejemplo, que llegue un juez y considere que setenta kilos de éxtasis no representan una cantidad tan notoria como para meter a nadie en la cárcel, me dejó afónico durante un rato.
    Reaccionando en un principio desde el cinismo, pensé que setenta kilos de arrobo y enajenación, por mucho embeleso que encierren, apenas dan para un rapto contemplativo. Setenta kilos de trance son imposibles de embotellar por litros, ni siquiera empleando garrafas de admiración.
    Todavía desconozco la causa que me impulsó a abrír el armario de mi farmacopea personal, el viejo secreter donde guardo mi alijo de aspirinas, bosporones e ibuprofenos, para deducir a la canal que, cajón incluido, no pasaría los dos kilogramos de tiritas, mercromina y agua oxigenada. He de reconocer también que soy de los que piensan que si las drogas fueran legalizadas otro gallo nos cantaría, por eso mantuve una lectura detallada de las causas y condicionantes que argumentó el magistrado para dejar en libertad a la docena larga de personas que, debidamente retratados de espaldas en la foto de agencia y con el propósito de cubrir su identidad, parecían escucharle con atención y el más sabio de los silencios. Nunca comprendí, en cualquier caso, si hablaban de setenta kilos netos o brutos, tampoco si la mercancía se iba vendiendo en lotes o eran cantidades al menudeo. Pequeñas dosis que, una vez juntas, conformaban setenta kilos de humanidad, más o menos el paisaje que ofrece un macho alfa en la sociedad de consumo occidental, con todos sus músculos y terminaciones nerviosas.
    Desde luego, no es lo mismo echarse setenta kilos a la espalda que ir subiéndolos por una escalera de dos en dos, cualquier trabajador de una mudanza lo sabe. Son setenta kilos, más o menos, lo que pesa un gigante de los que salen en las fiestas del Pilar, pero miden cuatro metros de alto. Esa era precisamente la altura desde la que cayeron setenta kilos exactos de carbón en junio sobre un minero palentino y casi se quedó tonto en el impacto. Hay un poema de Ruben Sada que se llama precisamente así, setenta kilos, justo el peso de los productos pirotécnicos que decomisó la guardia civil en un kiosko de Castellón en septiembre del año pasado. A doña Luz Barceló, una de las primeras juezas de familia que ha tenido Chile, le ha costado dios y ayuda reducir setenta kilos de grasa corporal que, a su entender, tenía en forma de flotador alrededor del ombligo. Quitarse de encima semejante tara no es moco de pavo, alguna importancia tendrá. Y cuando los del Seprona pillaron a dos furtivos en el pantano de Bolarque —provincia de Guadalajara— con una notoriedad idéntica, sólo que en forma de lucios y carpas, consideraron que era una infracción muy grave al reglamento. Y a los del Seprona les importa un bledo que alegues en tu legítima defensa que los peces son para el consumo propio.
    En cambio setenta kilos de éxtasis, cuidadosamente repartidos a lo largo de unas décadas —y suponiendo que no caduquen jamás—, dan para una vida entera de caricias virtuales y parte incluso de la siguiente, todo depende de cuándo empieces a calzártelo y de si no te da antes un derrame cerebral. De todos modos nunca he entendido por qué es un delito tener setenta kilos de éxtasis y no lo es, sin embargo, tener setenta kilos de viagra o de tranquilizantes en casa. ¿Será que unas sustancias van con receta y otras no?
    En su momento me llamó mucho la atención que un día como hoy, pero hace seis años, la policía cantonal helvética detuviese a un fetichista en las proximidades de la frontera alemana precisamente con setenta kilos de ropa interior femenina. Setenta kilos de bragas y sujetadores dan mucho de sí en unas rebajas. Es cierto que después dejaron al fulano en libertad, al fin y al cabo los agentes que le pusieron las esposas confesaron haber maniobrado bajo un «impulso ciego». Estuve una semana dándole vueltas a lo que significa para un policía suizo actuar con tal grado de obcecación pero sólo hoy, a la vista de las circunstancias, he podido deducir que la notoriedad de cualquier materia es proporcional al impulso ciego que la reprime. ¿En qué contexto se valora? ¿Qué representan setenta kilos, por ejemplo, comparados con setenta toneladas? A un equipo de fútbol, 70 kilos —en euros— le duran lo que cuesta extender un cheque. Un jugador, de los que están en la cresta de la ola, sale a 35 kilos por pantorrilla.
    El dinero es hoy como el mareante cloroformo de antaño. Es muy difícil para un juez determinar la notoriedad de un delito cuando están todos ellos tan devaluados. Hace un lustro, sin ir más lejos, la policía austriaca encontró setenta kilos de éxtasis —el 70 lleva camino de ser un número áureo— escondidos en las ruedas de un vehículo. El alijo daba entonces para doscientas treinta y dos mil dosis y podrían haber sacado unos tres millones y medio de euros vendiéndolos en la calle. A 3,5 euros el gramo. Hagan cuentas y verán que ahora, en plena economía sumergida, un cifra así no da para pagar ni la seguridad social de los delincuentes, lo mismo es más rentable ponerse un kiosko y vender caramelos. Menos mal que los jueces de hoy se las saben todas. Casi enternece llegar a comprender que setenta kilos de estupefacientes son un delito modesto. Una tontada.

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