El Cuaderno de Sergio Plou

      

viernes 6 de junio de 2014

La tabarra infinita




    Es tan grande la brasa que nos están dando, y tan fabuloso el gasto en imágenes y palabras, que en lugar de noticias tengo la impresión de estar recibiendo publirreportajes. De hecho me sé la vida del rey de memoria, tanto la del viejo como la del nuevo, y todavía no me explico cómo hay gente que es capaz de diferenciar la una de la otra. Los más carcamales, por ejemplo, llevan unos días descompuestos con el nuevo rey porque, al parecer, no se deja fotografiar con curas ni obispos. Que dice que es católico, desde luego, pero en la intimidad. Será que ya tuvo bastante con el bodorrio que le montaron y de algún modo se da cuenta, o le han asesorado, de que le conviene ofrecer una versión más descafeinada de sus creencias. Una estampa baja en calorías, de las que no producen aerofagias ni desapegos entre laicos, descreídos, agnósticos y ateos, por no hablar de musulmanes y budistas. Pero estas maneras, más propias de un tiquismiquis que de un campechano, no molan a la carcundia ni tampoco al resto, los que estamos acostumbrados a ver comulgar a su padre tan a menudo que una sutileza así nos pasa desapercibida.

     En España, los jefes de Estado, desde que tengo memoria, no sólo cazan y pescan sino que se santiguan con la misma naturalidad que presiden una corrida de toros. Así que la renovación de la monarquía, el recambio generacional del que tanto hablan los periodistas y voceros del sistema, se reduce a tiznar de verde al jefe y quitarle de encima al clero, cuya presencia envuelve en naftalina a la corona y le resta mucho glamur. No sé hasta dónde será capaz de llegar la monarquía en su acercamiento a los cuatro millones largos de votantes republicanos, me refiero a los que se retrataron con su voto y no a los que simplemente les gustaría otra cosa aunque se conforman con lo que hay, lo que tengo claro es que ni en los mejores delirios imagino al nuevo rey descolgándose por las cornisas y colgando pancartas ecologistas. ¿Qué menos podría pedírsele a un activista que goza de semejante inviolabilidad? ¿Qué sea una réplica de Carlos de Inglaterra? Para qué engañarnos. Tampoco veo al rey derivando hacia la apostasía, la verdad, aunque no me extrañaría que se dejara fotografiar junto a una tribu amazónica. A los reyes les encanta darse a conocer, y más si son jóvenes y están sanos, porque aprovechan su reinado para viajar a todas partes.

    Además, para ser joven y estar sano, basta ahora con no parecerte mucho a tu padre, o aún peor, a tu abuelo. Si resistes la comparación familiar ya puedes tener canas y cuatro largas décadas de existencia a tus espaldas que siempre ofrecerás la versión más joven y dinámica de tus propios ancestros. Lo contrario sería un disparate. Sin embargo llama la atención esa insistencia en aparecer vestido de militar en desfiles y actos que no son exclusivamente castrenses. Es como si el viejo poder, heredado por las armas tras un golpe de Estado, una sangrienta guerra civil y una dictadura vergonzante, todavía fuera capaz de imponer su presencia a la ciudadanía durante sus celebraciones colectivas. Ya es desgracia que un uniforme, a estas alturas de la humanidad, se acepte como traje de gala y sirva de paso para mantener vivos semejantes recuerdos. Me parece una redundancia, un gesto de mal gusto. Es más, y por patético que resulte, ya nos avisan en los publirreportajes que Leonor, cuando alcance la mayoría de edad, entrará en el ejército. Si es que para entonces no lo han abolido y todavía existe, claro. Quienes consideran que todos los pilares del estado sobre el que asientan sus nalgas son inamovibles, sólidos y eternos, no se hacen desde luego preguntas tan extrañas. Se limitan a defender lo que hay como si no hubiera un mañana. Por eso sus jefes van por la vida como si les hubieran escrito un guión, como si tuvieran escaso margen para diferenciarse los unos de los otros. Esa rigidez estructural sólo les permite aportar muy ligeras pinceladas de color sobre el fondo gris que puebla palacios e instituciones, algo en esencia cosmético, porque en lo fundamental están básicamente de acuerdo.

    Este fenómeno de semejanza también me ocurre cuando escucho a Rajoy y a Rubalcaba, incluso puedo reproducir sus palabras sin necesidad de oírlas. Supongo que es un efecto secundario del lavado de cerebro que arrastro desde antes de la transición, ese eufemismo que no se sabe muy bien qué significa porque, a fin de cuentas, siempre estamos transitando. Por aquel entonces estaba yo transitando hacia la mayoría de edad y escuchaba por los altavoces que llevaban en el techo los vehículos de todos los partidos políticos la tonadilla aquella de “Habla pueblo habla”. A mí me faltaban unos meses para ser pueblo, así que no pude votar que no a la Constitución, entre otras razones porque me parecía un timo. Ahora, en cambio, creo que me sobran ya unas décadas para tragarme entera la broma de otro rey. Como esta gentuza no tiene ninguna vergüenza en utilizar todos los medios a su alcance, ya sean públicos o privados, ya sean impresos o digitales, con el objetivo de que se nos grabe bien en la mollera, hasta rayar el asco y la indiferencia, lo bien que nos va aguantando reyes y la fascinante recuperación económica que disfrutamos gracias a la caspa que nos desgobierna, sólo confío en que a fuerza de remachar siempre los mismos clavos -de la herrumbre que los corroe- terminen por destrozar el rancio tablero que los sustenta.

    Hace tiempo ya que la decadencia se instaló en sus despachos y a ella se aferran aunque huela a podrido, aunque los destruya en su desmoronamiento. Para ganar tiempo se agarran a un clavo ardiendo. Y no es que de pronto me haya vuelto un ingenuo, pero es que están acostumbrados a vivir en su propio limbo, de forma tan impune y tan confortablemente que se van de la lengua y la cagan. O acaban pillándoles en algún marrón de los muchos que tienen y todo el asunto se les descontrola. Les da igual. Llevamos contabilizadas una cantidad tal de corruptelas y latrocinios que su simple enumeración contradice la tonta realidad que nos cuentan. Sin embargo insisten en inducir al público mediante hipnosis en una leyenda, una alucinación permanente que, dicho sea de paso, nos cuesta a todos un ojo de la cara. Es cierto que todavía hoy les sigue dando resultados, no tan buenos como antaño pero suficientes, de ahí que le hayan visto las orejas al lobo y en vez de emplear al menos nuevas tácticas publicitarias opten por cerrar las filas huyendo hacia delante. No quieren reconocer que actuando de este modo no consiguen otra cosa que apurar el ritmo y la presión de los acontecimientos. La política de hechos consumados es muy evidente y cansina. Las instituciones deben cambiar, no sólo sus caras. Esto del I+D+i también vale para la política, que está muy enranciada. Y, por favor, dejen ya de darnos la brasa.