Marionetas
jueves 21 de mayo de 2009
© Sergio Plou
Artículos 2009

    Zaragoza ha despertado hoy plagada de pasquines electorales colgando de las farolas. Comienza de nuevo la farra de los mítines, la campaña y el derroche de banderolas, anuncios y cromos de colores. Un soberbio gasto de energía y dinero se va desparramar sobre nuestras conciencias con el único interés de comernos la olla. Supongo que toda esta pasta, invertida de otra forma, podría ser más útil que arrojarla sobre el efímero gremio de la publicidad. Es cierto que mucha gente se gana la vida con el carrusel de la democracia indirecta y que gracias al arrendamiento de la soberanía popular, muchos de los jefes sobre los que pesan corruptelas y demandas podrán mantener sus jetas y sus nalgas en sus despachos institucionales. Intelectuales y periodistas afirman que se trata de un mal menor, sobre todo si lo comparamos con el que se produce cuando suben al poder los tiranos y dictadores. El dinero entonces se volatiliza en los bolsillos de los mangantes sin dejar ni rastro, las injusticias campan a sus anchas y nadie puede siquiera quejarse porque acaba de mala manera.
    Nadie duda de que el régimen actual, a fuerza de machacarnos las meninges, resulta ser el menos lamentable de los posibles. Pero tampoco cabe incertidumbre alguna sobre los dirigentes políticos: no se esfuerzan un ápice en mejorarlo. Se sienten cómodos así. Le han cogido de tal modo el tranquillo que son incapaces de abrir la democracia a la participación ciudadana. Aborrecen el asambleísmo actuando como aristócratas. Se enrrocan en sus palacetes y tan sólo se dan controlados baños de multitud cuando es absolutamente imprescindible, o sea, cuando necesitan el voto. Entre tanto no somos otra cosa que objetos a los que haya que insuflar aliento, marionetas.
    El eslogan que se despliega por las calles y que firma el Partido Popular es absolutamente aleccionador. Sólo muestra una palabra —«ahora»— sobre un fondo azul. ¿Ahora? Un sólo adverbio temporal nos indica el cuándo pero oculta el para qué, las razones o incluso la acción que debe acometerse. Da la impresión de que sencillamente es ahora cuando les toca a ellos, que la democracia se reduce a una cuestión de turnos. La parquedad del mensaje intuye además una orden. Es como si el sujeto pasivo —elector, espectador, contribuyente y consumidor al mismo tiempo— no tuviera otra cosa que hacer salvo aguardar una orden. Las calles están sembradas de «ahoras». Y sólo es el principio del runrún.

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